Un argentino se prepara en Groenlandia para una posible invasión de Trump

Facundo Triay, argentino de 28 años, vive desde hace dos en Groenlandia. Desde la capital, Nuuk, cuenta en primera persona cómo una sociedad tranquila convive con el viento helado, los días interminables de invierno y la tensión de vivir bajo la mirada y las amenazas del gobierno de Donald Trump.

05 de febrero, 2026 | 18.50

La isla de Groenlandia, de apenas 56 mil habitantes, pasó a estar en boca de todos después de que el presidente de Estados Unidos Donald Trump confesara que quiere quitársela a Dinamarca y convertirla en territorio estadounidense con la excusa de que sirve su seguridad nacional. Aunque en los últimos días Trump se concentró en un posible ataque a Cuba, los habitantes de la isla más grande del mundo ya desplegaron un operativo para estar preparados. En diálogo con El Destape el argentino Facundo Tray contó cómo sus amigos practican con las mismas armas que tienen para cazar focas, osos y otros animales salvajes y cómo hacen frente a la incertidumbre de vivir un ataque en cualquier momento. 

“Tengo compañeros que se muestran en redes con la ropa originaria de acá, la vestimenta inuit. Además, los jóvenes se exhiben con armas mientras practican", explicó Tray, el joven correntino de 28 años que hasta el 2024 trabajó en Puerto Deseando cuando le ofecieron un trabajo en el sector pesquero en Groenlandia. 

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El objetivo de Trump: Groenlandia

Facundo describe a la población de Groenlandia como un pueblo pacífico, abierto y cálido, pero también muy vulnerable a cualquier situación de estrés. En el último año, la repentina atención internacional alteró su vida cotidiana: la presencia constante de periodistas generó cansancio y rechazo, y muchas personas dejaron de responder a los medios. Esta exposición no deseada resultó ajena a su forma de vida y a los valores de una sociedad acostumbrada a la calma y al bajo perfil.

Desde que Trump manifestó públicamente su interés por Groenlandia, el malestar social se intensificó. La posibilidad de que el territorio sea objeto de disputas geopolíticas, e incluso de un eventual conflicto, aumentó la sensación de incomodidad y agotamiento en la población, que percibe esta atención externa como una amenaza a su tranquilidad y a su autonomía.

El argentino relata cómo fue cambiando la actitud de la población frente a los distintos dichos del presidente de Estados Unidos: “Al principio, cuando se empezó a hablar del tema, algunos groenlandeses apoyaban a EE. UU., pero era porque odiaban al colonizador danés, se sentían discriminados y no les gustaba. A medida que Trump comenzó a decir que los iba a comprar, eso fue cambiando: ya no quieren pertenecer a Estados Unidos y consideran que con Dinamarca pueden trabajar en un proceso de autonomía total”.

Incluso hubo marchas multitudinarias: “Salieron personas tanto en Nuuk como en Copenhague para apoyar a Groenlandia, fueron manifestaciones masivas, inéditas acá".

Facundo relata que incluso en su círculo más cercano evidencia en redes sociales y en expresiones cotidianas un discurso marcadamente anti-Trump. “Tengo compañeros que se muestran en redes con la ropa originaria de acá, la vestimenta inuit. Además, los jóvenes se exhiben con armas mientras practican. Acá la mayoría tiene permiso para portar armas para cazar focas, osos y otros animales, y así se muestran frente a cualquier posible ataque”.

Hace unos días, relata Facundo, también tuvo que salir a hablar la primera ministra de Recursos y Comercio, Naaja Nathanielsen porque en las escuelas "los niños no dejan de expresar su preocupación y tienen pesadillas”. Reflejando ansiedad social ante la incertidumbre y las amenazas latentes.

El hecho del riesgo inminente y la invasión a Venezuela el pasado 3 de enero incrementaron las alertas en la isla. Facundo relata que no teme una posible escalada de un conflicto internacional, aunque reconoce el clima de inquietud: “Cuando pasó lo de Venezuela, al otro día los medios alertaron que podría ocurrir algo similar acá, en Groenlandia. Por eso las autoridades llamaron a la calma. Yo hablaba con compañeros y, efectivamente, me decían: ‘tengo miedo por mí y por mi familia’”.

A pesar de que, tras la operación en Venezuela, militares de la OTAN llegaron a la isla y eso alertó a la población, con el paso de los días su presencia se fue volviendo familiar. “Ahora solo hacen trabajo de oficina, no se los ve mucho en la calle”, cuenta Facundo.

Aunque ha pasado tiempo, la amenaza sigue latente. Facundo, como observador en primera persona, descree que la situación derive en un conflicto. Sin embargo, la ansiedad social crece, la tensión en la isla también, y la incertidumbre se ha convertido en una forma de vida.

Los groenlandeses ven la invasión como una posibilidad, pero también saben que el orgullo nacional y los avances hacia la independencia no han sido fáciles; por eso, si ese escenario se concreta, aseguran que estarán preparados para dar batalla.

El shock cultural

Si bien la oferta era tentadora, con un salario seis veces superior al que tenía y una empresa que les proveyó casa y comodidades, emigrar no fue fácil, Facundo sintió el shock cultural. “Cuando recién llegué, los primeros meses trabajaba 12 horas porque estaba conociendo el lugar; ahí nos la pasábamos trabajando. Lo que más me chocó fue la cantidad de paz: son tan tranquilos, y la seguridad es increíble, sin robos en la calle. Llegas a la esquina y frenan para esperarte; si tardas, no se hacen problema, son muy respetuosos. Cuando cruzaba la calle por la mitad, se asombraban”.

Facundo cuenta que con los más jóvenes el vínculo fue inmediato: los recibieron con calidez y la comunicación fluyó rápido, porque muchos hablan inglés y danés. Con los adultos mayores, en cambio, el acercamiento fue más lento. “Con la gente grande fue más complejo relacionarnos”, dice. El idioma marcaba una distancia difícil de salvar, hasta que empezaron a aprender algunas palabras en groenlandés —el kalaallisut, la lengua inuit de la isla—. “Recién cuando intentamos hablar su idioma logramos acercarnos. Con el tiempo, nos fueron aceptando”.

Pero hubo otro cambio al que Facundo debió enfrentarse. Groenlandia no solo es la isla más grande del mundo: es también una de las más frías y menos pobladas. Apenas 56 mil personas habitan un territorio donde el hielo lo cubre casi todo. En invierno, el frío puede hundir el termómetro hasta los −50 grados; en verano, en las zonas costeras, el clima apenas concede jornadas que rondan los 10. Vivir allí implica aprender a moverse en un paisaje extremo, donde el clima marca el ritmo de la vida cotidiana.

Además, el día y la noche no siguen un ritmo convencional. Durante los meses de verano, el sol no se pone en el norte de la isla, mientras que en invierno la oscuridad se extiende durante gran parte del día.

Aun para alguien acostumbrado a los inviernos patagónicos, el clima de Groenlandia resultó un desafío inesperado. La adaptación no fue inmediata y requirió aprender nuevas rutinas para convivir con temperaturas extremas y una vida cotidiana muy distinta.

“Yo pensaba que, por vivir en la Patagonia, me iba a poder adaptar al clima, pero es muy diferente. La máxima en verano llega a 15 grados y en invierno las temperaturas oscilan entre los −25 y −30. La semana pasada hizo −15 y este invierno fue bastante caluroso, aunque cada vez lo son más. Acá aprendí a abrigarme de verdad: traje mucha ropa y, cada vez que salís, tenés que usar prendas térmicas, incluso en verano, por la nieve o la lluvia. Con el tiempo te acostumbrás y salís un poco más desabrigado. No hay kioscos ni supermercados cerca, y para caminar tenés que usar botas con pinches para no resbalar en el hielo; con zapatillas, directamente no se puede”.

La calidad de vida en Groenlandia

Facundo relata que la realidad económica es muy buena: “No hay gente en la calle no hay gente que le falte, el gobierno le da una casa o un ingreso, está muy presente. Además hay comedores, los impuestos son altísimos son el 50% de mi ingreso por lo que es de 3000”.

Y agrega: “Las casas son muy lindas, pago menos de mil dolares y mi casa tiene tres pisos y una casita, afuera, para guardar cosas”. Además agrega: “La tecnología es accesible con cinco días de trabajo te podes comprar una play. Todos los que van llegando se entusiasman con que con el primer sueldo ya se compran iphone y notebooks”.

El joven migrante explica que en Argentina llevaba una vida normal, aunque ganaba seis veces menos. Su trabajo implicaba viajar, pero no era lo mismo. “Aquí la calidad de vida es mejor, aunque se extraña el afecto; eso no lo puede reemplazar nada. Por eso, nos tratan tan bien, como una forma de compensar la distancia con la familia”.