El peronismo va a desaparecer

06 de febrero, 2026 | 14.58

¿Es así? ¿va a desaparecer el peronismo? Desde luego que la respuesta es sí, como les sucede a casi todos los movimientos políticos que han atravesado la historia moderna. Lo que no sabemos es cuándo sucederá eso, ni cómo. Los profetas de su extinción, nacidos al calor de su nacimiento allá a mediados de los 40, han errado hasta ahora en todas sus sentencias. Y no es que no hayan puesto empeño en la cuestión. Quizás apuestan a que los astros los beneficien y sus reiteradas predicciones finalmente coincidan con los hechos y puedan gritar “yo lo había dicho”.

Algo es seguro: el peronismo es el único sobreviviente entre sus compañeros de andanzas populistas que comienzan con el PRI mexicano allá en la década de 1920. Hoy el PRI existe, pero despejado de cualquier intento de expresión de un movimiento nacional popular. Otros ni siquiera viven en un sello: el trabalismo brasilero desapareció con la muerte de Getulio Vargas. ¿Continúa en Lula? Parece tratarse ya de otra construcción. Los intentos chilenos desde la década de 1920 hasta Allende, quedaron atrás. El MNR boliviano que supo construir Víctor Paz Estensoro con su triunfo electoral en 1952, no parece encarado hoy por su hijo, también presidente de Bolivia. Nada, o casi, quedó del APRA peruano. Una bala terminó con la vida de Jorge Eliézar Gaitán en 1948 y con él la posibilidad de un partido popular laborista en Colombia. El peronismo es un sobreviviente solitario. Desde luego los varios partidos del giro a la izquierda del siglo XXI, que gobernaron o gobiernan en países de la región, deben mucho a aquellas construcciones políticas que le precedieron, pero a la vez son hijos de otro momento histórico, y también de un mundo y por lo tanto de una geopolítica muy diferente. Ahora bien, esa persistencia del peronismo no quiere decir en ningún modo que haya recorrido estos 80 años de manera lineal. Una apreciación que también vale para el radicalismo que ya superó los 100 años (quien se encuentra en una situación bastante más complicada que el peronismo, si hablamos de signos vitales).

Sin duda el primero de los mayores desafíos del peronismo consistió en subsistir sin Perón. Pero esto no le ocurrió una vez, sino dos. La primera fue luego del golpe de 1955 y el exilio forzado al que fue sometido el general. No deja de ser notable, aún en otro contexto histórico, que durante 18 años Perón logró sostener su liderazgo a miles de kilómetros de distancia ¡¡y sin Tik Tok!!. Es cierto, hubo intentos de reemplazarlo o de hablar en su nombre; Augusto Vandor no fue el único. Por caso, frente a las elecciones de 1964, un neurocirujano llamado Raúl Matera, se propuso ser candidato a presidente por un peronismo difuso, pero luego desistió. Peronismo, era con Perón.

Pero luego del 1 de julio de 1974, la historia ya era otra cuestión. Perón muere.  La dictadura de 1976 - 1983, soñó terminar con todas las fuerzas políticas existentes y muy particularmente con el peronismo. Lo dijo el dictador Jorge Rafael Videla en varias ocasiones. Lo mencionó la Cámara Federal en el fallo que condenó a las Juntas Militares. Soñaban con la Argentina pre industrial y partidos políticos acordes a ese modelo. Quizás un partido de tinte “agrario” (patronal, desde luego, y hacia 1981 CARBAP creyó que podía ser ese heredero) y otro más urbano, más liberal. No les salió.

Y luego el regreso a la democracia. La conducción del derrotado peronismo post dictadura hizo de cuenta que el resultado del 30 de octubre de 1983 había sido solo una pesadilla y un año después UN AÑO DESPUÉS,  renovó la conducción nacional con María Estela Martínez de Perón como presidenta y Lorenzo Miguel como vice a cargo, es decir el mismo esquema desde el año 1975. No es fácil aceptar la derrota. No fue sino con la aparición de la Renovación Peronista y la posterior interna Menem - Cafiero en 1988 qué 14 años después de la muerte de Juan Domingo Perón, la sucesión se concretaría. Repito: transcurrieron 14 años (una dictadura y tres actos electorales). No apto para ansiosos. ¿Cuántos extraños escribieron en esa casi década y media afirmando que el peronismo estaba liquidado? ¿Cuántos propios bramaron que debían retirarse todos los dirigentes y apostar a nuevos cuadros que quizás no fueran necesariamente peronistas? ¿Y cuántos, finalmente, habrán escrito que el peronismo no le hablaba a la sociedad? Hubo un grupo que escribió, pero no en esa clave y editó esa revista extraordinaria que fue Unidos. Donde las críticas, incluso radicales hacia el partido y a sus dirigentes, no dejaban lugar al llanto o la queja derrotista y apocalíptica. Hubo incluso una revista Unidas, del feminismo peronista.

Luego sucedió lo que parecía otro fallecimiento: la muerte de la doctrina peronista. Las presidencias de Carlos Menem pretendieron dar por acabado el legado histórico del peronismo: la justicia social era cosa del pasado, imposible en estos tiempos y quedaba por lo tanto archivada en el 45. Se hablaba de modernización, de adecuación a los tiempos, hubo incluso algo que se llamó “Congreso de actualización doctrinaria” en el Teatro Cervantes en 1991, justamente para asumir una nueva doctrina, la neoliberal y una identidad acorde a esos principios. Y producía esa paradoja de un peronismo que renunciaba a sus banderas históricas, y que triunfó electoralmente en 5 elecciones consecutivas. 

Así llegamos a tres muertes: exilio, muerte de Perón, el fin de la doctrina. Y de las tres se volvió a levantar ¿Fue algo que hace a su condición? ¿Es su forma de ver la política? En cualquier caso, alejémonos de esencialismos bastante pobres del tipo “El peronismo tiene el poder en su ADN” Y si, sino en lugar de un partido político, sería un club de té canasta. Pero tal vez sí exista en su dinámica interna, con relaciones poco institucionalizadas y una experiencia en el poder que lo acerca al pragmatismo, que justamente le permitió regenerarse.

El 2001, que pudo ser la licuación de todo el sistema de partidos, encuentra al peronismo con Eduardo Duhalde primero saliendo de la etapa crítica y a Néstor Kirchner encarando un nuevo ciclo; y si bien Kirchner era un hombre que venía de lejos, no dejaba de ser un gobernador y un hombre del partido. La furia ciudadana de aquellos meses, tampoco se lo devoró.

Desde el punto de vista del antiperonismo, en sus versiones más radicales, siempre consideró la existencia del peronismo como un error histórico, algo que falló en la matrix y permitió su nacimiento. Por eso al plantear la necesidad del fin del peronismo en lugar de proponerlo simplemente en el escenario electoral hubo una táctica, una argumentación distinta que se mantuvo a través de las décadas, marcada por la impugnación. No se sostenía que el peronismo era malo por defender a los obreros. Ninguna derecha es tan torpe. El relato ya desde aquellos años consiste en afirmar que a) el peronismo tiene una matriz nacionalsocialista y b) Dicho de modo bastante torpe, el peronismo está lleno de ladrones. Eso, como podemos observar, no se ha modificado a la hora de establecer críticas al peronismo hasta el día de hoy. El retorno a la democracia nos había abierto cierta esperanza: el alfonsinismo era antiperonista, pero no solo antiperonista y si bien tenía bien asentados algunos prejuicios, en particular hacia los sindicatos, huyó de las posiciones que el gorilismo más intransigente había sostenido desde el 55. Poco queda de eso. Hoy la mayor parte de la dirigencia radical ha vuelto a las fuentes más gorilas. Basta leer el discurso de asunción del joven nuevo presidente de la UCR señalando como objetivo principal que nunca vuelva el kirchnerismo al gobierno. El gorilismo creerá que el peronismo está en una crisis como resultado de alguna de esas dos suposiciones, articuladas hace poco menos de 80 años. Sobre el componente nacionalsocialista, baste decir que Argentina fue en 1949, el primer país de América Latina en reconocer el estado de Israel. Sobre el segundo, desde luego que existieron casos de corrupción en los gobiernos peronistas (y sobre ese debería volver el propio peronismo una y otra vez), pero una cosa es casos y otra esencia. Y otra es persecución judicial con casos “diseñados”. 

Ahora bien, estos recorridos no pretenden negar la posibilidad de que efectivamente el peronismo desaparezca, sino tomar en cuenta que esa suposición, se anuda con especulaciones similares previas. De modo que retomando la pregunta inicial, podemos pensar que el peronismo puede desaparecer en tres modos principales: diluirse, esto es decayendo lentamente como opción electoral, perdiendo capacidad de alianza con diversos sectores políticos y sociales, careciendo de iniciativa; otra posibilidad podría ser que se cristalice una fractura que genere un ala más conservadora y otra más progresista, pero ya sin chances de ganar a nivel nacional, sobreviviendo como partido de legisladores y algunos intendentes y gobernadores; o finalmente sufrir un colapso qué lo deje en la intrascendencia en pocos meses, y sus dirigentes y militantes fuguen a otros espacios.

Que se piense alguna de estas posibilidades es porque se sucedieron algunos hechos. Uno relevante es que hoy gobierna la menor cantidad de provincias en su historia. Es difícil construir el número porque de 10 gobernaciones identificadas con el peronismo, hay opciones muy variadas en su sistema de alianza y de oposición y apoyo al gobierno nacional; pero en cualquier caso son menores a otros momentos. Perdió, en balotaje, dos de las tres últimas elecciones presidenciales (había ganado ambas generales). Ha perdido en 2023 la elección presidencial frente a un partido construido de la noche a la mañana con un candidato que ingresó a la política tan solo dos años antes. Un golpe duro, que parece explicarse mucho más allá del uso de las redes por parte de Javier Milei o del desempeño económico del gobierno de Alberto Fernández. Pero lo cierto es que hay problemas electorales. La pregunta es, entonces, qué puede suceder en esta ocasión, siendo que no es la primera adversidad que enfrenta. Sigamos viendo.

Una situación dada, posible por la existencia del antiperonismo como cultura política, es que el peronismo puede desaparecer debido al nivel de aislamiento que le busca imponer el gobierno nacional y sus seguidores. No es una estrategia nueva, como ya mencioné. Hoy junto a los libertarios se encolumnan el macrismo, buena parte del radicalismo y otros actores: sumemos allí a una fracción importante del Poder Judicial, con la inestimable colaboración de los grandes medios de comunicación y un violento lenguaje en las redes; así ese aislamiento parece tener efecto en sus argumentos y constancia. No puede negarse que aislamiento, persecución y represión, puede ser un cóctel eficaz. Alberto Fujimori, el modelo que este gobierno ha alabado en varias ocasiones (refiriéndose sólo como “el modelo peruano”) construyó su poder con esa combinación, que terminó por debilitar en un grado extremo al sistema de partidos y al sistema político de Perú. La persecución judicial condena a unos y desalienta a varios, de allí su doble eficacia. El peronismo ha logrado en el Congreso unir votos con algunos de esos actores frente a determinados temas (universidades, discapacidad, etc.) Es un buen camino para evitar ese aislamiento, es lograr que no le teman al monstruo.

En otro sentido, el riesgo del peronismo deviene de los cambios operados en el capitalismo, incluso a nivel mundial. Está claro que el 17 de octubre de 1945, fueron los obreros industriales a reclamar por Perón. A esa base electoral también debe sumarse el peón de campo. Ambos actores son un grupo notablemente reducido en la actualidad, aquello que Robert Castels llamó el fin de la sociedad salarial. El cimiento de su base electoral se transformó y proviene de allí, la cuestión de a quien hablarle y qué decirle. Pero el qué decirle no es solo un problema de lenguaje, sino de respuestas ¿cuál es la salida a este capitalismo neoliberal tan profundamente excluyente? El arribo de la sociedad de masas, se conformaba por ese gigantesco ejército industrial establecido en derredor de las grandes ciudades con industrias. Varios factores terminaron con ese paisaje y el ascenso de la informalidad se ha convertido en un núcleo duro, difícil de reducir. Otro éxito del modelo peruano que Milei trabaja por reproducir, porque si la informalidad es ya una realidad de tres décadas, cuando gobierna la derecha es cuando su expansión se vuelve  incontrolable.

Entonces aquí se plantea la cuestión política más relevante y es si el peronismo puede representar los anhelos y esperanzas de una sociedad tan distinta de aquella que lo vio nacer. Ha ocupado 4 veces la presidencia en lo que va del siglo XXI. No cabe duda que el kirchnerismo pudo recomponer los lazos con los sectores populares organizados que se habían desgastado con el menemismo, pero sobre todo con el discurso y las políticas públicas en clave de justicia social, algo que Menem había clausurado. En el lenguaje de hoy, el kirchnerismo le “habló” a esa sociedad transformada levantando las banderas de los derechos humanos, el cuidado del ambiente, la informalidad (AUH), la diversidad de género, un gran abanico de demandas específicas (en particular ligadas a la salud) e incluso a la cuestión de la inseguridad. Recompuso también con los sectores medios. Eso mientras buscó rearticular un proceso de industrialización interna. Todo ello con mayor o menor suerte y me refiero a los 4 gobiernos. En todos hubo políticas en esas direcciones. Pero la representación no es solo un procedimiento, y de allí la pregunta respecto a ¿por qué sectores beneficiados por políticas del peronismo, se paran en la vereda de enfrente? Pregunta nodal de la política argentina de respuesta aun inconclusa, y con todo, afirmación que no siempre funciona del mismo modo. Pero lo que es claro es que, si desea recomponerse, el peronismo debe seguir ensayando respuestas a sabiendas que pueden variar y funcionar en un contexto y no en otro. Porque un porcentaje alto de la sociedad ha elegido votar a Milei, un hombre sin ninguna experiencia política y que basaba su campaña electoral en hacer daño. Y volvió a elegir su propuesta dos años después. Si Milei pierde apoyo político, las voluntades ciudadanas pueden dirigirse hacia cualquier opción que surja, no necesariamente a los brazos del peronismo. El mundo, particularmente occidente, ha ingresado en un proceso inestable, violento e impredecible; por todo ello, también un poco inexplicable. Nada de eso es ajeno a los complejos procesos sobre los que me referí, la representación política muy en particular. La política internacional ha sido fundamental, sino decisiva, en su capacidad de ordenamiento de la política local: ¿cómo entender al peronismo fuera de la posguerra, o ya en la Guerra Fría?

Pero no es solo cuestión de representar. Se trata de conducir y en esto reside la otra crisis que vive el peronismo y que golpea con fuerza en su interior. No es necesario explicar mucho, pero sí comprender que la transición de los liderazgos al interior de los partidos políticos es un aspecto crítico desde Julio Argentino Roca al presente. Ni aquel, ni Hipólito Yrigoyen, ni Juan Domingo Perón ni Raúl Alfonsín, generaron alguna fórmula de sucesión, ni designando un delfín o proponiendo un mecanismo para generar el nuevo liderazgo. De modo que la cuestión planteada hoy no parece algo que atañe exclusivamente a Cristina Fernández, o a los liderazgos emergentes como Axel Kicillof, sino que se inscribe en este desarrollo histórico; pero es vital que el peronismo encuentre algún mecanismo de reordenamiento político al interior de su espacio, que en general tiende a la lógica frentista con un liderazgo claro y efectivo, capaz de generar un consenso amplio. Desde luego, puede intentar la conformación de un espacio de carácter coalicional, algo que planteó y no funcionó durante el gobierno de Alberto Fernández; y no funcionó porque los actores que eran parte de una coalición, siguieron actuando con una lógica frentista, de modo que la tensión política en lugar de centrarse en las políticas a implementar, se deslizó hacia el enfrentamiento de liderazgos. Si me dan a elegir, allí radicaron los problemas centrales de aquel gobierno, antes que en su desempeño económico. Diría incluso que este fue hijo del primero. Y siempre, siempre, analizado desde un punto de vista político, no moral.

No hay fórmulas infalibles, pero tampoco destinos definitivos. El futuro está abierto como aquel jardín de senderos que se bifurcan, donde se juega mucho más que el destino de un partido político. Muchísimo más.