La postal actual dice bastante sobre el presente de Bandalos Chinos, una banda que ya llenó un Movistar Arena, que viene de un disco bisagra lanzado en 2025 (Vándalos), que se animó a cambiar su fórmula y que hoy encara una gira que suma ciudades y escalas internacionales con la naturalidad de quienes aprendieron a crecer paso a paso, escenario por escenario.
“Fue un año enorme”, dice Goyo Degano cuando repasa el recorrido reciente. La presentación del nuevo álbum, que marcó el regreso discográfico y un giro sonoro importante, llegó con un tour extenso, nominaciones a los Latin Grammys y un Movistar Arena que funcionó como símbolo de un camino largo. “Somos una banda que no tuvo grandes saltos exponenciales. Fue todo un crecimiento sostenido durante muchos años. Pasamos por miles de escenarios y situaciones que al final son horas de vuelo que nos trajeron hasta acá”, explica.
El nuevo disco fue el punto de inflexión. Después de tres álbumes con el mismo productor (Adán Jodorowsky) y grabados en Sonic Ranch, el estudio texano en el que habían encontrado una identidad, la banda decidió cambiar todo, productor nuevo (Fermín Ugarte), grabación en Buenos Aires durante seis meses y una búsqueda estética distinta. “Cambiamos absolutamente todo el contexto y la forma de hacerlo. Veníamos de grabar en veinte días en el desierto y esta vez lo hicimos en nuestro estudio. Fue otra cosa. Sentimos un cambio radical”, cuenta Goyo. El resultado es un álbum más ecléctico, con baladas, ritmos nuevos y una identidad que sorprendió incluso a los fans más fieles. “Sentimos algo parecido a cuando sacamos BACH (2018). Había adrenalina, un miedito previo. "El ritmo" era el ángulo más lejano a lo que veníamos haciendo. Pero nos gusta ese vértigo”.
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El cambio no se quedó solo en el sonido, también se trasladó al vivo, con una estética renovada, luces, blanco y negro, nuevas puestas, que ahora llevarán al Cosquín Rock, uno de los festivales que mejor cuenta la historia de Bandalos Chinos. “Las primeras veces tocamos en hangares, en tinglados, antes de BACH. Era ir a la guerra, sobrevivir con tu agua, acomodarte a la realidad”, recuerda. Aquellas primeras giras fuera de Buenos Aires fueron una escuela acelerada con shows sin prueba de sonido, viajes eternos, públicos difíciles. “Tocamos para tres personas y dimos el mejor show igual. Abrimos festivales donde nadie estaba esperando vernos. Me acuerdo una vez en Mendoza, antes de Las Pastillas del Abuelo, con viento sonda… la puteada más chica era ‘bajate’. Y para mí eso era un desafío ¿cómo hago para conquistarlos?”.
Ese espíritu sigue presente hoy, incluso cuando el panorama cambió y la banda pisa escenarios grandes. “Cosquín tiene una magia especial. No tiene nada que envidiarle a los mejores festivales del mundo”, dice Goyo, que todavía recuerda uno de sus shows favoritos en las sierras, al atardecer, cuando el escenario Montaña recién se estrenaba. “Nos tocó un gran horario y fue uno de los mejores shows que dimos ahí”. La edición actual los encuentra con un set renovado, más canciones del nuevo disco y clásicos que el público espera. “El repertorio se vuelve cada vez más difícil de armar. Es un quilombo dejar temas afuera”, confiesa entre risas.
Parte de esa renovación también llegó con Fermín, el nuevo productor, que se sumó a la gira y ayudó a refrescar el vivo. “Él conoce casi todo nuestro repertorio y lo dejamos proponer canciones. Algunas le dijimos ‘ni en pedo’, pero otras funcionaron. Trajo una mirada fresca”, cuenta. La banda también se permitió mostrar la cocina de su música a través de los compilados Navibach, donde comparten demos y versiones tempranas. “Nos encanta esa faceta. Escuchar a Chapi o a Iñaki tarareando una melodía abre el juego y muestra otra cara”.
Mientras la gira sigue creciendo (Bariloche, Cosquín Rock, Bolivia por primera vez, más provincias y nuevos países), el grupo ya piensa en el próximo paso: volver al estudio sin presión. “No sabemos si va a salir música este año o el que viene. Solo queremos entrar a hacer canciones”, dice Goyo.
Antes de cortar la charla, aparece otro costado de Degano. El amor por el folklore, heredado de su familia santiagueña. “Aprendí a cantar con folklore. Me encantaría grabar algo así”, confiesa. Por ahora, las zambas quedan para reuniones familiares o camarines compartidos, pero la puerta está abierta.
