Epstein y la impunidad de los varones ricos en la era de la desconfianza

Las nuevas publicaciones revelan con mayor nitidez la trama de vínculos, negocios, contrataciones sexuales y circulación de cuerpos vulnerables que se gestaban en su isla privada. La difusión deja al descubierto una red de pederastia protagonizada casi exclusivamente por varones ultraricos, megamillonarios y poderosos.

03 de febrero, 2026 | 17.06

En cumplimiento de la “Ley de Transparencia de los Archivos de Epstein”, aprobada en noviembre de 2025 por el Congreso de Estados Unidos, el Departamento de Justicia publicó el pasado viernes una nueva tanda de documentos vinculados al caso Jeffrey Epstein. El empresario y magnate financiero, fallecido en 2019 mientras se encontraba detenido, había sido condenado en 2008 por su implicación en una red de tráfico sexual de menores que involucraba a otras personas con altos niveles de poder económico y político.

La información recientemente publicada de tres millones de páginas de documentos, 180.000 imágenes y 2.000 videos, revela con mayor nitidez la trama de vínculos, negocios, contrataciones sexuales y circulación de cuerpos vulnerables que se gestaban en su isla privada, lo que podría incluir menores de edad. Entre los nombres que aparecen figuran presidentes, exfuncionarios, CEOs y algunos de los hombres más ricos del mundo, como Elon Musk. Si bien se trata de relativizar la gravedad de los hechos y calificarlos de “rumores o teorías conspirativas”, lo cierto es que se trata de documentos judiciales oficiales todavía en proceso de investigación.

La difusión de este material deja al descubierto una red de pederastia protagonizada casi exclusivamente por varones ultraricos, megamillonarios y poderosos. Ese dato no es accesorio ni anecdótico, sino estructural y constitutivo. La violencia sexual extrema y la trata de personas aparece aquí íntimamente ligada al poder económico, político y simbólico concentrado en manos masculinas. La acumulación de capital es poder social y el patriarcado da la legitimidad para abusar de los cuerpos. 

El conflicto social en 180 caracteres

Al mismo tiempo, la noticia, que debería provocar consecuencias judiciales, institucionales y políticas de enorme magnitud, deja a la vista lo contrario: los poderosos cuentan hoy con un nivel de impunidad superlativo, incluso en un contexto de abundancia e hipertransparencia informativa. Lo novedoso no es la perversidad de los megamillonarios, sino el nulo impacto político y judicial que generan pruebas tan contundentes. Paradójicamente la impunidad no se erosiona o quiebra con datos disponibles sino que se reafirma y potencia.

Este fenómeno no puede separarse de las condiciones materiales y culturales del mundo que habitamos: existencia digital permanente, consumo constante de redes sociales, saturación informativa, circulación masiva de imágenes, multiplicación de plataformas, proliferación de noticias falsas potenciadas por inteligencia artificial, todos elementos que producen una desconfianza generalizada sobre lo real. La sospecha constante, acelerada por la crisis que desató la pandemia, debilita la capacidad de indignación colectiva y reemplaza la acción política por descargas emocionales encapsuladas en plataformas y contenidos.

El enojo existe, pero es formateado algorítmicamente. Cada red social ofrece un tipo de reacción previsible para cada comunidad virtual desvaneciendo la potencia de lo contingente, lo inesperado, lo impredecible. Es que el algoritmo es un mecanismo que no busca justicia ni verdad sino engagement y consumo. La ira se convierte en combustible del sistema y no amenaza su reproducción. Así, la conflictividad social queda reducida a un tuit, un reel o un hilo viral que no altera ninguna relación real de poder.

A esta anestesia afectiva se suma una crisis profunda de las instituciones democráticas y representativas, cuya legitimidad se erosiona desde hace décadas. El caso Epstein no expone un “error” institucional ni una falla excepcional: expone cómo funcionan hoy las instituciones en el capitalismo tardío. Su objetivo central, lejos de proteger la vida, es blindar el poder económico, la propiedad privada y las redes de impunidad. A mayor riqueza, menor riesgo real de castigo. Es la garantía de continuidad.

Los datos del World Inequality Report 2026 permiten entender por qué esta impunidad no es una anomalía. El 10% más rico del planeta concentra cerca del 75% de la riqueza global, mientras que la mitad más pobre apenas accede al 2%. Más aún: el 0,001% más rico, menos de 60.000 personas, posee tres veces más riqueza que toda la mitad más pobre de la humanidad. Y ese vértice de la pirámide está compuesto, de manera abrumadora, por varones.

La desigualdad también tiene una dimensión explícitamente patriarcal. A nivel global, las mujeres capturan apenas el 28% del ingreso laboral total, y si se incorpora el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, su ingreso equivalente alcanza sólo el 32% del de los varones. Mientras tanto, la cúspide del poder económico mundial sigue siendo casi exclusivamente masculina. No es casual que los circuitos de explotación sexual, trata y abuso estén articulados a esas mismas elites.

Pensar el caso Epstein como un grupo de “varones degenerados” es un error político funcional al sistema. Esa narrativa de la excepción busca correrse de la estructura que produce este malestar generalizado: jornadas laborales extenuantes para sobrevivir, personas expulsadas del sistema de vivienda, mujeres empujadas a la prostitución como estrategia económica, infancias capturadas por el juego y la apuesta digital, cuerpos precarizados puestos a circular como mercancía.

Si las instituciones democráticas, Estados, sistemas judiciales, agencias de seguridad, organismos internacionales, medios de comunicación, ya no pueden proteger a las vidas más vulnerables como menores de edad frente a redes probadas de violencia sexual, el problema no es sólo Epstein. El problema es la democracia realmente existente y los límites que el capital le impuso para funcionar.

Milei y el deseo de pertenecer 

Este entramado global de impunidad masculina y concentración extrema de riqueza no es ajeno al proyecto político que hoy gobierna la Argentina. Muy por el contrario: el proyecto de Javier Milei busca alinear explícitamente al país con líderes como Donald Trump, referentes de una derecha autoritaria que combina neoliberalismo extremo, misoginia discursiva y desprecio abierto por los derechos humanos, en particular los de mujeres, infancias y minorías.

El objetivo económico de La libertad avanza es claro: profundizar aún más la acumulación del capital en pocas manos, debilitando regulaciones estatales, licuando derechos laborales, desfinanciando políticas de cuidado y desmantelando cualquier forma de redistribución. En un país estructuralmente desigual, estas políticas amplifican la brecha social y refuerzan jerarquías de género preexistentes: las mujeres y diversidades quedan relegadas al trabajo precario, al cuidado no remunerado o directamente a la exclusión.

Pero hay también una dimensión subjetiva y personal que no puede ser soslayada. Milei no solo gobierna para los ricos: aspira a formar parte de ese club cerrado de varones millonarios que se reconocen entre sí, se protegen mutuamente y se legitiman como élite “natural”. La admiración explícita por multimillonarios, CEOs y magnates tecnológicos no es retórica: es identificación. El ideal de libertad que promueve no es el de las mayorías, sino el de quienes ya concentran poder, capital y capacidad de daño sin consecuencias.

La afinidad ideológica con figuras como Trump se enmarca en este paradigma ya que representa una política del privilegio masculino, donde la crueldad se justifica como mérito, la desigualdad como orden natural y la violencia como parte del juego. En este marco, casos como Epstein no aparecen como aberraciones morales, sino como el lado oscuro pero coherente de un sistema que glorifica la riqueza sin importar cómo se produce ni sobre qué cuerpos se sostiene.

Así se entiende el ataque sistemático del gobierno argentino a los feminismo, las organizaciones sociales, la comunidad LGBT, la noción de derechos humanos y a las políticas de cuidado, ya que su eliminación o deslegitimación es una condición necesaria para avanzar en un modelo que necesita disciplinar cuerpos, subjetividades y resistencias para garantizar la reproducción del capital. 
Acumulación, patriarcado e impunidad 

Desde una perspectiva feminista materialista, el caso Epstein puede leerse con claridad a través de los aportes de Silvia Federici, quien ha demostrado que la acumulación capitalista nunca fue un proceso abstracto ni pacífico, sino que se sostuvo históricamente sobre la apropiación violenta de cuerpos feminizados, la explotación sexual, el control reproductivo y la desposesión de las condiciones de vida. En ese sentido, la red de abuso y tráfico sexual protagonizada por varones ultraricos es una de las expresiones más brutales pero lógicas del capitalismo contemporáneo.

La autora sostiene que el patriarcado es una tecnología central de poder para la acumulación de capital, porque permite naturalizar la disponibilidad de cuerpos, principalmente de mujeres, niñas y niños, pero también de trabajadores y migrantes, como recursos explotables. Epstein no inventó nada sino que puso en práctica toda la teoría del capital financiero global y la logística de elite, una matriz histórica donde el poder económico garantiza acceso irrestricto a cuerpos vulnerables y, a la vez, asegura impunidad.

Al respecto Rita Segato analiza como la violencia sexual ejercida por estos varones no responde principalmente al deseo individual, sino a una lógica de poder entre pares masculinos. La violencia en estos ámbitos funciona como un mensaje, como una demostración de dominio dirigida, además, a otros hombres que integran la misma cofradía del privilegio. Son violencias expresivas, por las que los cuerpos violentados se convierten en el territorio sobre el cual se firma un pacto de pertenencia a una élite.

Desde esta mirada, resulta imposible no advertir que todos los implicados en el caso Epstein son varones, y que el vértice de la acumulación global de riqueza sigue siendo exclusivamente masculino. Los datos del World Inequality Report 2026, anteriormente citado, lo confirman: el poder económico extremo está masculinizado, mientras que la precariedad, el trabajo no remunerado y la exposición a múltiples violencias siguen feminizadas. La concentración obscena de capital y la violencia patriarcal se producen y refuerzan mutuamente.

Epstein no es solo un caso judicial, ni siquiera un escándalo sexual, es un síntoma extremo de un orden social que mercantiliza la vida, jerarquiza cuerpos y protege sistemáticamente a quienes concentran poder. Un orden que, cuando ya no puede ocultarse, produce cinismo, saturación informativa y despolitización para seguir funcionando.

En este contexto las crisis se superponen y se potencian: crisis económica, crisis democrática, crisis climática, crisis del trabajo, crisis de los cuidados, crisis de los vínculos, crisis de salud mental. Todas convergen en una gran crisis civilizatoria. Ese malestar es manipulado por proyectos autoritarios y fascistas que prometen orden y salvación señalando enemigos imaginarios, mientras dejan intactas las verdaderas relaciones de poder.
Necesitamos pensar un sistema nuevo, desde una perspectiva feminista y de los cuidados, que ponga en el centro la defensa de la vida y de las condiciones materiales que la hacen posible. No hay tiempo que perder: el capitalismo actual canibaliza personas y naturaleza, convirtiéndolas en mercancía descartable. La pregunta ya no es si este sistema funciona, sino cuánto más estamos dispuestos a tolerar que funcione así.