El actor y director Osqui Guzmán lleva más de 11 temporadas al frente del El Centésimo Mono, una obra diferente que combina lo mágico, lo insólito y preguntas existenciales para regalarnos una comedia poética y única. Al mismo tiempo estrenó Vivitos y Coleando 2 y está de gira por el país.
En diálogo con El Destape, Guzmán reveló cómo nació el éxito que llena salas todos los años, recordó sus comienzos en la actuación y ahondó en cómo sufrió el racismo a lo largo de toda su vida. “Aprendí a defenderme de la humillación con más amor propio”, asegura.
Van 11 temporadas de El Centésimo Mono bajo tu dirección. ¿A qué le atribuís el éxito de tantos años?
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-Me hicieron varias veces esa pregunta pidiéndome el secreto. No conozco bien por qué sucede. Sí, creo que es un material que contiene muchas preguntas que nos hicimos nosotros mientras lo creamos al respecto de para qué hacemos lo que hacemos. ¿Para qué un mago quiere ser mago? ¿Para qué ese afán por contagiar al otro la credibilidad?
Esa especie de creer sabiendo que el mago hace sus efectos mágicos. Creo que todo eso embebido en una historia teatral —en el sentido de que el teatro invoca en el espectador la necesidad de construir relaciones alrededor de su existencia— hace que la magia y la existencia se unan de una manera bastante inesperada y que de eso surja no solamente un elemento cómico, sino también poético. Donde lo visual contagia la posibilidad de encontrar caminos diferentes en esta obra y donde la actuación hace que el espectador se vea reflejado en las diferentes actitudes de los magos.
¿La historia de El Centésimo Mono tiene que ver con el fallecimiento de tu papá?
-El Centésimo Mono lo hice en continuación del Bululú, donde yo hablo de mi padre. Cuando empecé a estudiar teatro él dejó de hablarme 3 años, pero después entendió y hasta el último día de su vida fue mi mejor amigo. Vio cómo actuaba y cómo me iba bien. Mi papá se fue así, dijo como una invocación: "El día que yo entro al hospital, salgo con los pies para adelante, no vuelvo a salir”. Y así fue. Un día se sintió mal, fue al hospital, lo operaron. El médico dijo "Si no lo operamos, puede morir, pero si lo operamos también". La operación era para ver qué tenía, porque no sabían, y no despertó más. Fue como realmente un acto mágico, invocando su propio destino todo lo que sucedió entre nosotros antes de que él se entregue a los brazos del misterio.
Muchos textos de lo que me dijeron los médicos están en la obra. Muchas cosas que nosotros sentimos alrededor de este material del mago que muere. Mi padre está muy presente, su camino, su vida. Y por eso, más allá de que yo no hablo de mi padre, están las preguntas que me surgieron alrededor de cómo es que una persona puede construir palabras mágicas alrededor de toda su vida y hacer que eso suceda. Sé también que mucha gente siente que hay algo ahí oculto detrás y que le pertenecen preguntas de su propia intimidad.
Cuando comenzaste con el teatro, tu mamá tampoco te apoyó…
-No, querían que yo tenga un título… “Mi hijo, el doctor”. Como yo hice kung fu, les dije que iba a ser médico, traumatólogo. Cuando me anoté en el conservatorio, mi papá dejó de hablarme y mi mamá también se enojó mucho, pero mi mamá había sido bailarina de folklore. Cuando vinieron con la familia para integrarse, crearon un ballet folclórico argentino-boliviano. Fusionaban las dos culturas, pero cuando nosotros nacimos, mi mamá dejó de bailar y no siguió toda esa cosa artística en mi casa.
¿Tu mamá aceptó tu profesión eventualmente?
-Sí, un día yo actuaba y me fue a ver. Cuando volvió a mi casa, me llamó y me dijo: “Servís. Porque fui a verte y en el público estaba (el icónico actor y conductor de televisión) Bergara Leuman, me paré al lado y cada vez que vos aparecías decía ‘Mira qué bueno este pibe’". Por la palabra de Bergara, mi mamá empezó a apoyarme y a defenderme del ataque de mi familia. Era toda una revolución, era el único que había tomado un camino que nadie conocía. Mi familia nunca fue al teatro; iban a bailar, a ver conciertos de música, pero no a ver teatro. Entonces, me estaba metiendo en algo que nadie conocía y estaba el temor de que me vaya mal.
A pesar de la persecución racista, Osqui Guzmán resiste: “Vos subís la vara del odio, yo subo la del amor”
El año pasado sufriste una agresión racista de una policía, ¿empezaste una causa judicial?
-La justicia es lenta acá y entonces vamos caminando con ella. Hay testigos, pero empezaron a ir de a poco. Está marchando lentamente, pero en el camino que corresponde para hacer justicia.
Cuando contaste el episodio, dijiste que muchas veces te piden el DNI en la calle…
-Sí, toda la vida. Yo fui criado en mi casa con mucho amor por quién soy, por mis raíces y con mucha fantasía alrededor de qué es Bolivia. Mi mamá, mi papá, mis tíos amaban su tierra, hablaban quechua, festejábamos tradiciones de la cultura andina. Entonces, siempre tuve un amor profundo por mis rasgos andinos y mi color de piel, que para mí eran diferentes, pero eran bellos. Nunca me sentí raro al resto, pero cuando empecé a salir a la calle, tenía 13-14 años, cuando después de la secundaria me iba al centro a ver películas de artes marciales al cine y empecé a sentir la persecución de la policía.
Me pedían constantemente el DNI y yo no lo tenía, llevaba el papelito de la denuncia de la pérdida del DNI porque lo perdía siempre. Me hacían dos preguntas y seguía caminando porque no tenía nada que ocultar. Estaba muy acostumbrado. Aprendí a defenderme de la humillación con más amor propio, que me lo daba el teatro porque en teatro podía pensar, podía cuestionar, entender que mis actos son humanos y me hacen iguales a todos.
¿Crees que hoy en día está más presente el racismo en la sociedad?
-Está más presente, pero porque está la discusión abierta. Se plantea la discusión y empieza a dividir aguas porque está el que siempre calló aunque lo pensó. Es una cuestión que en América Latina fue muy impuesta, de que si tenés un color marrón, morocho o negro, sos menor que el resto y estás en algo.
Es una herida que todavía no ha sanado, pero porque no lo discutimos, tendremos que discutirlo más a fondo, hacer leyes al respecto porque, aunque la justicia funcione tan mal, tendríamos que tener leyes para defendernos de los actos racistas. Otros países la tienen.
¿Sirve el empoderamiento marrón?
-Yo nunca me consideré marrón porque siempre me sentí una persona como cualquiera otra, pero los contextos son los que generan la acción de un pueblo. Y en este contexto totalmente opresor, avasallador de los derechos, en el que nos quiere separar, ponerse en un lugar y decir lo que creemos que puede ser una luz para el momento es importante. Soy marrón, pero pongo una actitud política y acompaño eso como acompaño cuando marchan los discapacitados o con los jubilados. Es necesario porque lo político está muriendo, quieren matarlo para que no discutamos las decisiones de los que gobiernan.
En ese sentido, ¿creés que el Gobierno tiene un ensañamiento particular con lo cultural?
-Sí, sin duda lo primero que se ataca es la cultura y la educación porque un pueblo que no piensa es más difícil de controlar. El nuevo poder, que ya no es la derecha, es un nuevo poder que necesita tener un control para poder crecer, un control más preciso y que la gente no se una, se divida y quiera salvarse.
¿Cómo pensás que resiste el teatro?
-El teatro resiste siempre, nació desde la resistencia. Es un acto de resistencia de la gente, no de los artistas, el pueblo resiste con el teatro. Acá hay gran gran teatro porque el pueblo quiere verlo. Resistir no significa oponerse al gobierno o al poder, eso es otra cosa. Resistir es: vos subís la vara de odio, yo subo la vara de amor. A ver qué queda.
MÁS INFO
El Centésimo Mono, Vivitos y Coleando 2 y mucho más: las propuestas de Osqui Guzmán
El se encuentra protagonizando varias producciones: formará parte de Vivitos y Coleando 2, de Carlos Giani y Hugo Midón, hasta el fin de las vacaciones de invierno. También se encuentra en Waminix, una obra que fusiona el teatro, la magia y el circo, en Timbre 4 hasta finales de agosto. Ambas son dos opciones para toda la familia.
Además, el Centésimo Mono estará en Timbre 4 durante todo julio. Las entradas para la obra están disponibles a través de Alternativa Teatral. El valor es solo de $25.000, aunque se puede elegir la compra solidaria de $30.000 para ayudar al teatro independiente.
