El ascenso de Milei a la presidencia es mucho más un episodio del marketing político que un punto en el desarrollo de la crisis argentina. No tienen ninguna importancia las apelaciones a tradiciones gloriosas del liberalismo argentino ni la defensa ultramontana de la “libertad económica”: la construcción artística del personaje es, claro, un asunto de mucha importancia: tanto como que fue factor decisivo del voto que lo llevó a la presidencia de la nación. A lo que estamos asistiendo es al viejo tema del choque entre los dogmas y las situaciones reales de la política. ¿Es el mismo Milei el que dijo que el Papa era un enviado del “maligno” y el que rindió pleitesía a Francisco en el encuentro protocolar?
La política necesita agentes que -más allá de su ideología-, hablen con autoridad al alma de sus pueblos. Pero ahí interfiere un problema: el de la verdad. La verdad es el gran problema de la política. Porque el político, más allá de las demandas del pragmatismo extremo, está obligado a llevar su ser político a las exigencias más intensas. En otras palabras, qué tiene que hacer un político cuando sus convicciones morales más intensas y sinceras se encuentran con la dura realidad de los hechos (cambiantes y contradictorios como son) y cuando hay que elegir entre dos caminos contradictorios y de riesgosas consecuencias. Milei emergió en la política argentina enunciando una complicada mezcolanza entre principios éticos o ético-religiosos (como tales supuestamente inconmovibles por las circunstancias concretas en el tiempo y el espacio). “O sea, yo soy un liberal extremo y para llevar al mundo al liberalismo extremo tengo, al mismo tiempo que dialogar con quienes reniegan del neoliberalismo, porque necesito su apoyo, su acompañamiento…sus votos.
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El presidente trata de ascender hacia la cumbre por un camino que, como todos, es extraño, zigzagueante y cuya suerte no depende de los sabios de la tribu sino de la tribu en su conjunto. Este problema del cruce entre los ideales y la historia viva ha sido muy crítico para las izquierdas y las fuerzas populares. Perón fue, acaso, el líder político-práctico que dejó una herencia reflexiva más rica sobre la cuestión; decía "prefiero al malo antes que el bruto, porque el malo puede llegar a hacerse bueno, pero el bruto nunca llegará a ser bueno". El tono pícaro es el recurso de Perón para hablar de uno de los problemas centrales de la historia política: la de la relación entre la política y la moral.
¿Tiene todo esto algo que ver con nuestra realidad actual? Maquiavelo meditó sobre este problema más que ningún pensador a través de los tiempos. Y fue quien pudo ensayar un modo de encararlo que más allá de pretensiones teóricas pueda aportar a la reflexión. La moral de la política, sugería, no está en la moral individual de quien la practica, está en la subordinación de cualquier objetivo individual del político a la grandeza de su propio estado. La patria primero, después el “movimiento”, al final los hombres (y, claro está, también las mujeres).
El tiempo actual de nuestra historia es el posterior, el que sigue al declive de la principal experiencia nacional-popular posterior al peronismo inaugural. Desde 2001-2003 hasta acá la vena nacional-popular recuperó prestigio, atractivo…recuperó pasión. El peronismo volvió a ocupar el lugar simbólico del nacionalismo popular, enriquecido, como lo fue, por la confluencia de culturas de izquierda, igualmente indispensables a la hora de pensar el horizonte político- ideológico popular.
Entramos en tiempos electorales, de modo que es poco aconsejable hablar de estos temas haciendo abstracción de la disputa, de la lucha -que es, en el fondo, el contenido de la política. De lo que habrá que conversar es sobre el modo de derrotar -del modo más contundente posible- a la oleada neoliberal que, dicho sea de paso, atraviesa una etapa crítica. Fracasó en la satisfacción de demandas socioeconómicas, tanto como en la creación de un clima de convivencia política civilizada. Construyó una mirada retrospectiva de nuestra historia que consagra a los terroristas de estado y estigmatiza a los luchadores sociales. Una mirada absolutamente esclava de la mirada del gobierno de los Estados Unidos. Una mirada que renuncia a nuestra identidad nacional y reniega de nuestra pertenencia a la patria chica latinoamericana.
Es desde esta perspectiva latinoamericana y desde esta convicción democrática y popular que podemos impulsar la más amplia unidad. Una unidad capaz de superar legítimas diferencias, en la conciencia de que es el camino para abrir camino a mejores tiempos.