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¿Cuál Democracia? 

16 de octubre, 2026 | 20.39

El título de este artículo está tomado de un libro de Francisco Weffort, destacado sociólogo brasileño, publicado en 1993, cuya lectura recomiendo. Lo tomo porque creo que es necesario formularnos la pregunta: ¿En cuál democracia estamos pensando? Se habla de deterioro, derrumbe, inconformidad, degradación. Ninguna expresión parece hablar de un presente de satisfacción; sea cual sea la palabra elegida, prevalecen las miradas pesimistas. 

Las categorías de las ciencias sociales tienen una particularidad: están atadas a su contexto histórico y aunque el concepto se construye y se define para perdurar, es inevitable que su significado sufra transformaciones con el tiempo. Pensemos por ejemplo en la idea de democracia. Acuñado en la antigua Grecia el concepto, aunque sostenido en un principio básico como la noción de gobierno del pueblo,  ha sido atravesado por múltiples interpretaciones, horizontes y objetivos. Por eso la pregunta retorno una y otra vez ¿Cuál democracia? Formulada infinidad de veces por nosotros sobre nuestra historia y nuestro presente. Baste recordar la formulación clave en la última transición democrática, la de la década del 80. Si iniciábamos una transición ¿cuál era el horizonte? Y allí se imponía definir qué íbamos a entender por la democracia que queríamos construir.  

Ante cada momento que se asume como crítico, como una inflexión, esa pregunta retorna. Lo hizo claramente en el 2001 cuando parecía que todo el sistema, el económico y el político, se estaba desmoronando. Emergió en ese contexto un aspecto: no puede haber democracia sin una mínima idea de Bienestar. Luego vino el proyecto por reconstruir esa base fundamental, en un debate que involucró a diversos grupos sociales en un contexto de alta movilizaciones y gobiernos que habilitaron ese debate abrieron las puertas a pensar que una idea de bienestar democrático era posible.

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Si bien nuestros países, los del sur pobre, están acostumbrados a convivir con la crisis, la pandemia volvió a radicalizar esa sensación. No sé si salimos mejores o peores de la  pandemia, pero sí que salimos más pobres. No todos, desde luego. Pero algo se rompió, por lo pronto la idea de bienestar democrático. La sociedad, lo colectivo, comenzó a interpretarse como un impedimento para “mi” bienestar. El otro un potencial enemigo. Las demandas y las necesidades de esos otros, un costo que me obligaban a pagar a mí, sin mi consentimiento. En todo ese mar de conflictos, injusticias, necesidades y carencias, yo nunca era el otro, yo era la víctima de esa situación. Y eso debía terminar. 

Apareció Milei y propuso: “si me votan, yo voy a hacer daño”. Y la idea, evidentemente, entusiasmó. Los padecimientos de la pandemia y la crítica situación económica tenían ahora una redención operada mediante el daño al otro que al fin me liberaría. “Alguien va a pagar por todo esto”. Allí estaba la clave. El bienestar que proponía la democracia consistía en una redistribución del sufrimiento. ¿Qué ganaría yo? Bueno con un poco de imaginación podía suponer que esa igualación me abriera algunas oportunidades.  

¿Es exagerado? A veces la sociedad, o una parte importante de ella, puede operar de este modo. Ante un hecho trágico y en algún sentido inexplicable como la pandemia en una situación económica difícil, puede disparar esto, sin duda con el aporte de las redes sociales. Podemos discutirlo, pero tiene más capacidad explicativa que el pensamiento mecanicista que sostiene: “el gobierno de Alberto fue muy malo por eso ganó Milei”. (También quisiera discutir la evaluación de ese gobierno, queda para otro momento). Porque si, como dicen, Milei supo interpretar lo que le pasaba a ese sector de la sociedad en ese momento, no parece sencillo traducir esas expectativas en una política democrática con los valores que sostiene el campo popular. “Dejaron de hablarle a la gente” Bueno quizás no sea tan sencillo hablar en términos de odio hacia los inmigrantes, a las mujeres, a la diversidad sexual, a los pobres, a las personas con discapacidad. Hablarle a la gente que abrazó esos odios, implica una reconstrucción del lenguaje y de sentidos. No parece tan sencillo. 

Porque cambió algo profundo en la sociedad, mucho más que las consecuencias de insatisfacción con la economía, o en todo caso no es un mero malestar por una caída de ingresos o la inflación: se trata de percibir el impacto de los cambios estructurales. El fin del modelo industrial con mano de obra intensiva y el consecuente peso del salario como mecanismo de acceso a un conjunto de bienes y servicios fue reemplazado por un modelo que pregona una extensión del sector informal, el autoempleo, la incertidumbre y hoy, nuevamente, una profunda depreciación del salario como ya había ocurrido en la dictadura y en la etapa pre crisis del 2001. Esa desestructuración, que atraviesa no solo a nuestro país ni siquiera al sur sino a casi todo occidente, no puede no tener consecuencias en las formas que adquiere la democracia y en el modo en que se procesa la representación política. Un modo de organizar lo social y lo económico probablemente desapareció y la política no puede procesar a la misma velocidad estos cambios en sus prácticas e instituciones. Lo ha intentado. Esa década y media de gobiernos nacional populares o populistas en la región, periodos en los que entre otras cosas hubo mucha estabilidad política, generaron iniciativas y mecanismos para traducir ese nuevo mundo en una democracia posible y con bienestar. No fueron menores los logros en varias dimensiones. Desde luego dispara la pregunta ¿Este presente es hijo inevitable de aquel periodo? ¿Estamos acá por los logros o por las limitaciones? No queda claro.

Las sociedades sudamericanas parecen inmersas en los volantazos electorales, que no sabemos si responden a una dinámica definida. Porque si la inflación fue la causa de la derrota del peronismo en 2023, ¿por qué perdió la coalición de Gabriel Boric en Chile en 2025 habiendo bajado la inflación y también la pobreza? Nos dicen que en Uruguay se manejó mejor la pandemia respecto a la libertad de circular,  pero los vecinos decidieron mutar gobierno de derecha por uno de izquierda. No hay regularidades a la vista y eso implica al mismo Javier Milei, convencido de haber fundado una nueva era ya no nacional, sino universal. Que sepa que le caben las generales de la ley. Se puede observar en quienes lo volverían a votar y se expresan en los medios: más voluntad de espera por la difusa promesa, que convencimiento por el presente. 

A finales del siglo pasado, el politólogo inglés Daniel Held, publicó su obra La Democracia y el Orden Global. Ante el avance de un orden que relegaba a los estados nacionales frente a una globalización con fuerte eje en la economía financiera, se preguntaba cuáles mecanismos nuevos demandaba esa democracia para sobrevivir. Como otros autores, Held trabaja sobre el principio de autonomía y una idea central: ¿cuáles condiciones de una democracia están dispuestas a aceptar las personas si tuvieran que definir un orden teórico e hipotético? Condiciones para sí mismos y para los demás. Held entiende que cada persona podría definir un conjunto de realidades que consideraría justas y equitativas para sí y para los otros. Por ejemplo, derechos de ciudadanía civil y política, acceso a determinados bienes y servicios, pago de impuestos, etc. 

La situación que vivimos hoy es que el resultado de este ejercicio probablemente,  muy probablemente,  no arroje los resultados esperados (es decir la construcción de un consenso inclusivo) Los dueños de las grandes  empresas desean mayor libertad para hacer negocios, pero quieren que los salarios sean más bajos y que la política laboral no tenga prácticamente regulaciones. La cuestión es que puede observarse que muchos medianos y pequeños empresarios piensan igual. Y que una parte demasiado considerable de la ciudadanía quisiera un modelo que les garantice un nivel adecuado de bienestar para ellos pero que se los niegue a otros (la misma lista de otros que mencioné en párrafos anteriores) Aquí parece radicar la cuestión de la reconstrucción de una idea de bienestar para la democracia. Para los partidos políticos del campo popular exige mucha mayor creatividad que jurar que se va a atender el equilibrio fiscal y combatir la inflación. Ojalá fuesen sólo esos problemas.

Cuando el espacio público se satura de agravios, amenazas, represión discriminación y odio, el punto no es simplemente “hablarle a ese votante” sino el esfuerzo creativo de una reconfiguración de lo político, lo social y muy especialmente lo comunitario; de una democracia deseable y aceptada para el conjunto. Podemos aferrarnos a que los oficialismo pierden (secretamente yo lo hago) pero sepamos que la empresa por delante es bastante más compleja. Releer esos odios, esos rencores para aventurarnos a un nuevo consenso con el pacto democrático como horizonte.  Nadie dice que sea fácil y el primer paso es el de ser conscientes de cuáles son los desafíos por delante.

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Sergio De Piero

Politólogo y docente universitario UBA, UNAJ, UNLP.

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