Las políticas fronterizas y de inmigración de Washington, endurecidas bajo la administración del presidente Donald Trump, han vuelto al centro del debate, dirigidas ahora contra deportistas y delegaciones internacionales. Todo esto ocurre en un momento en que los ojos del mundo se posan sobre Estados Unidos como anfitrión del evento deportivo más seguido del planeta.
La selección nacional de Irak llegó la semana pasada al aeropuerto O’Hare de Chicago para disputar la Copa Mundial, un regreso histórico después de 40 años de ausencia. El arribo estuvo marcado por la emoción de jugadores y seguidores, pero también por incidentes vinculados a las políticas migratorias de Estados Unidos.
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Uno de los episodios más tensos lo protagonizó Aymen Hussein, delantero considerado entre los mejores futbolistas iraquíes. Al aterrizar, fue retenido por funcionarios de inmigración que lo interrogaron durante varias horas, mientras el resto del plantel se dirigía al hotel de concentración. Finalmente, Hussein recibió autorización para ingresar y pudo sumarse al equipo.
Somalía, una obsesión del gobierno de Trump
El caso del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan tuvo un desenlace distinto. Elegido entre unos 50 árbitros que integran la nómina oficial del torneo, fue detenido por las autoridades estadounidenses, interrogado, trasladado a una celda de retención y posteriormente deportado.
Había viajado desde Turquía hasta Miami y, según relató en una entrevista con The New York Times, fue deportado nuevamente a su país. Apenas un año antes había sido distinguido como el mejor árbitro de África por la confederación regional de fútbol. “Mi documentación estaba en regla”, aseguró, al explicar que solo buscaba cumplir su sueño de dirigir en una Copa del Mundo.
La comunidad somalí en Estados Unidos suele estar en el punto de mira del presidente. En febrero de este año Trump llegó a afirmar en televisión que “Somalia ni siquiera es un país” y que “no tienen nada que se parezca a un país”, según dijo a la NBC News. Para el presidente estadounidense, el país africano estaría “considerado prácticamente el peor del mundo”, al que describió como un “lugar terrible”. En el mismo discurso menospreció a los somalíes atribuyéndoles como única virtud la “piratería de barcos grandes en el mar” y señaló que “hay muchas personas con un coeficiente intelectual muy bajo”.
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Ese tono discriminatorio fue acompañado de decisiones institucionales. En enero de 2026, el Departamento de Seguridad Nacional anunció la terminación del Estatus de Protección Temporal (TPS) para Somalia, que desde 1991 había permitido a miles de somalíes vivir y trabajar legalmente en Estados Unidos. Aunque una orden judicial suspendió de manera provisional la medida, la retirada de esta protección humanitaria expone a la comunidad somalí a un riesgo mayor de deportación y precariedad.
Andrew Giuliani, en su rol de director del equipo de trabajo de la Casa Blanca para el Mundial, sostuvo que existía una “razón de peso” para impedir el ingreso del árbitro a Estados Unidos. Manteniendo el anonimato, un funcionario de la administración Trump le dijo a NBC News que a Artan se le negó la entrada por razones que incluyen "asociación con presuntos miembros de organizaciones terroristas."
Somalia atraviesa una crisis creciente marcada por el avance de la insurgencia yihadista, encabezada por Al Shabaab, filial de Al Qaeda y principal amenaza en la región. En paralelo, el país sigue siendo uno de los incluidos en el travel ban impulsado por Donald Trump en 2017, junto con Irán, Libia, Siria y Yemen. La prohibición, avalada por la Corte Suprema en 2018, restringió la emisión de visas y el ingreso de ciudadanos somalíes a Estados Unidos, reforzando su aislamiento internacional.
La flexibilidad de la FIFA
Frente a los incidentes migratorios que afectaron a jugadores y árbitros, Gianni Infantino, presidente de la FIFA desde 2016, buscó restarles gravedad. Explicó que la organización había negociado con las autoridades estadounidenses cierta flexibilidad en los visados y que se habían reducido costos para facilitar el ingreso de las delegaciones. Reconoció, sin embargo, que la FIFA no puede imponerse sobre los gobiernos ni controlar cada situación, y en relación con el caso de Artan sostuvo que lo mejor era “relajarse y confiar en la FIFA”.
En diálogo con la BBC, Steve Cockburn, director regional para Europa de Amnistía Internacional sostuvo que “la falta de rendición de cuentas de la FIFA es muy preocupante. La respuesta en este y otros temas ha sido muy débil”. Añadió que la organización ha invertido en una relación extremadamente cercana con el presidente Trump —visible en la entrega del Premio de la Paz de la FIFA y el respaldo a su Consejo de Paz—, pero no ha utilizado esa influencia para priorizar los derechos humanos en el torneo ni para proteger a aficionados, comunidades, oficiales y jugadores.
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En marzo de este año, Amnistía Internacional había publicado un informe titulado “La humanidad debe triunfar”, en el cual advertía que las restricciones de viaje impuestas por Estados Unidos y sus abusivas políticas de inmigración empañaban la belleza del juego. “El ICE y otras agencias constituyen una escalofriante amenaza para quienes viven en Estados Unidos, para quienes viajan allí para asistir a un partido y para los propios jugadores” denunciaba el documento.
Las organizaciones que representan a la comunidad islámica de Estados Unidos también manifestaron malestar con la expulsión de Artan. “Nuestra nación no debería prohibir la entrada a nadie simplemente por su raza o su etnia. Eso es especialmente cierto en el caso de un entrenador, un árbitro o cualquier otra persona que venga a participar en la Copa del Mundo”, declaró Edward Ahmed Mitchell, subdirector del Consejo de Relaciones Americano Islámicas (CAIR), según la cadena Al Jazeera. Además, sostuvo que los visitantes somalíes atraviesan el mismo proceso de verificación que cualquier otro visitante y que, una vez superado ese control, no existe razón para negarles la entrada únicamente por su nacionalidad, pues hacerlo constituye una ofensa a los valores y a la ley.
La tensión no es sólo con Irán
En un Mundial que desde el inicio se intuía distinto a los anteriores, uno de los debates más intensos giró en torno a la participación de Irán: si una selección podía realmente viajar a competir en un país que, al mismo tiempo, la atacaba militarmente y la sometía a sanciones.
Aunque condicionado por la guerra, Irán decidió participar, pero su delegación tuvo que instalarse en México por las restricciones migratorias de Estados Unidos, que incluyen que algunos integrantes solo puedan ingresar a territorio el mismo día del partido. Además, la administración Trump negó el visado de entrada a 15 miembros de la comitiva iraní, con el argumento de que varios pertenecían a la Guardia Revolucionaria Islámica, considerada organización terrorista por Estados Unidos. Entre los rechazados se encuentran figuras institucionales como el presidente de la Federación de Fútbol de Irán, Mehdi Taj, vicepresidentes y directores de medios, a quienes las agencias de inteligencia de Estados Unidos no consideran indispensables para el desarrollo deportivo en la cancha.
El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, argumentó públicamente que existía el riesgo de que el gobierno de Irán intentara camuflar e infiltrar a miembros del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) dentro de la comitiva oficial.
En el caso de Senegal, la delegación fue revisada directamente en la pista del aeropuerto de San Antonio, Texas. Los jugadores debieron quitarse los zapatos y someterse a cacheos individuales mientras perros policía inspeccionaban sus pertenencias. Las imágenes difundidas en redes sociales, que mostraban al mediocampista Pathé Ciss siendo registrado, provocaron indignación y acusaciones de humillación.
Por su parte, Uzbekistán vivió un episodio similar en Nueva York, antes de un amistoso contra Países Bajos. Los futbolistas fueron obligados a descender del autobús y pasar por detectores de metales y controles con perros antidrogas. Las imágenes generaron rechazo en redes sociales pero su entrenador, el italiano Fabio Cannavaro, aclaró que “ se trataba de controles rutinarios y estándar”.
Los incidentes que enfrentaron estas delegaciones se inscriben en un patrón más amplio que coincide con lo señalado en el Informe de Derechos Civiles 2026 del CAIR (Civil Rights Report 2026) en el que se advierte que las políticas migratorias de la administración Trump reproducen un esquema de perfilamiento racial y religioso que impacta de manera desproporcionada en comunidades musulmanas.
Pero no sólo los jugadores y árbitros fueron rechazados en la frontera. También periodistas de Irán y varios países africanos se vieron impedidos de ingresar a Estados Unidos para cubrir el Mundial 2026. La Asociación Internacional de Prensa Deportiva (AIPS) denunció que estas trabas de visado afectan la libertad de prensa y generan un sesgo en la cobertura del torneo, dejando fuera voces críticas y perspectivas diversas.
El impacto en la sociedad estadounidense
Si sólo se tuviera en cuenta el interés de los estadounidenses por el Mundial, podría pensarse que lo que suceda durante la Copa no tendrá impacto en la imagen de Trump. De acuerdo con una encuesta del Pew Research Center, la mayoría (66%) afirma que es poco o nada probable que siga la competencia. Apenas un 28% dice que es al menos algo probable que lo haga, y sólo un 14% asegura que la seguirá muy o extremadamente de cerca.
Sin embargo, otro sondeo del mismo centro, publicado en enero, muestra que las políticas migratorias sí generan un fuerte rechazo social. La mayoría de los estadounidenses se opone a las propuestas más restrictivas de la administración Trump: un 79% rechaza dar prioridad en el proceso de inmigración a quienes paguen una tarifa de un millón de dólares —incluido un 60% que lo rechaza enérgicamente—; un 66% desaprueba la suspensión de todas las solicitudes de asilo; un 64% se manifiesta en contra de mantener a grandes grupos de inmigrantes en centros de detención mientras se resuelven sus casos; y un 60% rechaza pausar las solicitudes de visado de personas provenientes de 75 países.
No es el primer Mundial marcado por sombras, las criticas al autoritarismo de Putin estuvieron presentes en 2018 y las denuncias de violación a los derechos humanos en Qatar 2022. Pero Donald Trump parece moverse más allá de cualquier límite político o diplomático, exhibe su política migratoria ante el mundo sin complejos y con un sesgo abiertamente racista, sin que la comunidad internacional logre articular un rechazo contundente, ni siquiera frente al evento deportivo más importante del planeta.
