Los políticos son pragmáticos. En su mayoría no son teóricos y, por lo general, no entienden de economía. Tener como presidente a un economista a quien, además, aunque mal rumbeado, le interesan las cuestiones teóricas es, por cierto, una de las tantas rarezas de la época. Por eso el gobierno del Frente de Todos creyó que no necesitaba un programa: bastaba con que la fuerza propia ocupara el gobierno para que todo se ordenara. La máxima, heredada de los tres primeros gobiernos kirchneristas, era que mandaba la política; que la decisión política y la pura voluntad estaban por encima de las leyes de la economía. Que no hacía falta tener un plan, visto como una suerte de “jactancia” de los científicos sociales, y que todo pasaba por no ser neutral en la disputa entre el capital y el trabajo.
MÁS INFO
Hay pocas dudas de que esta “no neutralidad” en favor del trabajo construyó una épica y reforzó identidades. Para los trabajadores asalariados, además, fueron tiempos mejores que los vividos bajo los gobiernos de las clases antagónicas. Sin embargo, a pesar de los cuatro largos períodos de gobierno, no se logró construir una continuidad, situación que también se manifiesta en el lugar que hoy ocupa la oposición identificada con las distintas corrientes del peronismo. El único consenso unificador de cara al futuro parece ser esperar el desgaste del oficialismo. Nadie dentro de la oposición parece estar trabajando en la construcción de un modelo para el futuro. Otra vez, pura jactancia de los teóricos.
Este proyecto lo hacemos colectivamente. Sostené a El Destape con un click acá. Sigamos haciendo historia.
Al menos vista desde la sociedad civil, la política opositora solo se percibe en la continuidad de su interna interminable. Un internismo que la sociedad ya repudió en 2023 y, especialmente, en 2025. Si en 2023 triunfó la voluntad de cambio, en 2025 no ganaron los éxitos del oficialismo, sino el miedo de la sociedad a volver al pasado. Y no porque ese pasado sea necesariamente más horrible que el presente, sino porque ya no representa nada. La sociedad no percibe en la oposición nada que la entusiasme. Solo ve pasado y disputas personales por espacios de poder. Lo notable es que, en paralelo, la oposición sigue viendo ese mismo pasado como glorioso. No como algo que la sociedad repudia, sino como aquello a lo que querría volver.
Las entrevistas que los medios de comunicación realizan en las calles porteñas –quizá un micromundo en sí mismas– ponen en escena este desconcierto. Cuando se les pregunta a personas de los sectores populares si apoyaron a Javier Milei y responden que sí, inmediatamente se les repregunta si pueden identificar alguna medida de gobierno que valoren especialmente. Prácticamente nunca hay respuesta. Salvo generalidades sobre un presunto ordenamiento económico, el votante medio que sigue apoyando al oficialismo no puede identificar una sola acción de gobierno que lo haya beneficiado y, aun así, en la mayoría de los casos continúa respaldándolo.
Desde los sectores politizados, la primera sensación es de desconcierto. Es fácil ver aquí procesos de alienación social. Imposible no recordar al filósofo José Pablo Feinmann citando a Heidegger cuando hablaba de individuos “decidos” por los medios. Más difícil resulta analizar la raíz de esta posible alienación e identificar los cambios en el mundo material que la provocaron. Parece evidente que estamos frente a la consolidación de un cambio en los valores de la sociedad y en la relación de la sociedad con la política. Y es seguro que no se trata de un fenómeno reciente, sino de la culminación de un proceso de largo plazo.
Un recorte posible es pensar que esta nueva conciencia expresa las transformaciones que fueron produciéndose durante las últimas décadas en el mundo del trabajo. Si hay trabajadores atomizados, que ya no laboran en espacios comunes ni intercambian experiencias con otros trabajadores en su misma condición –como sucedía antes en el taller, la fábrica o la empresa–; si predominan el monotributismo y la informalidad por sobre el trabajo asalariado; si ya no existe una relación con el sindicato, sino soledad en las calles, resulta muy difícil demandarle a ese trabajador aislado, “uberizado”, algo parecido a la conciencia de clase.
En estos contextos es casi rutinario que ese trabajador sienta en el cuerpo que “gobierne quien gobierne me tengo que levantar a laburar todos los días”. Su miedo es que lo maten para robarle lo poco que tiene: el celular o la moto que compró en cuotas. Es el miedo a los otros, al mundo hostil que lo rodea, un mundo muy distante de la cooperación y la solidaridad de clase. Por eso la seguridad ocupa un lugar central entre sus demandas políticas. La bronca de este trabajador no es contra un sistema que lo explota porque, a diferencia del pasado, ya no tiene una relación directa con el capitalista. Su bronca es contra quien está a su lado y recibe casi lo mismo que él, pero sin trabajar o trabajando menos. Es contra los “planeros”, que, hasta ayer nomás, además le cortaban las calles y lo hacían llegar tarde al trabajo. Tampoco existe añoranza por los bienes públicos perdidos porque, aunque servicios como la salud y la educación públicas hayan empeorado desde el cambio de gobierno, vienen de una larga etapa de deterioro.
El balance preliminar es que la ideología no surge en el vacío ni es solo el producto de la alienación o del poder de los medios, que apenas machacan sobre tendencias sociales más profundas. La nueva conciencia, centrada en el individualismo y en el rechazo tanto al Estado como a la clase política tradicional, es el resultado de un largo proceso de transformaciones en el mundo del trabajo, proceso que la oposición identificada con el peronismo parece tener dificultades para interpretar y, en consecuencia, para superar. Por eso, desde el mismo cambio de gobierno, su principal apuesta se limita a esperar el fracaso del oficialismo antes que a ofrecer una alternativa de futuro.
