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"El libro no persigue un fin comercial, el libro lo que está persiguiendo es mostrar que, detrás de toda puesta en escena, de todo lo que vemos como algo sensacional y brillante, hay horas y horas de trabajo de gente que me llenan de orgullo. Pasan las grandes figuras, pero esas personas son las que siguen estando", explica Sergio sobre este proyecto que funciona, también, como una memoria viva del Colón.
La infancia de Kuchevasky estuvo atravesada por una rutina poco habitual. Mientras muchos chicos pasaban los fines de semana en plazas o canchas de fútbol, él se vestía elegante, se tomaba el tren y acompañaba a su padre a trabajar al Teatro Colón. Entraban por la puerta de empleados y recorrían el edificio desde adentro: los talleres, los pasillos, las bambalinas, los camarines. Ahí descubrió un universo fascinante que años más tarde se convertiría en el motor de su defensa de la cultura.
De chico conversó con quienes hacían las escenografías, los vestuarios y las pelucas; se sentó en el palco presidencial, en la primera fila de la platea y detrás del escenario. Presenció espectáculos históricos y observó de cerca el trabajo silencioso de quienes sostenían cada función. Esa experiencia es la que hoy reconstruye en Cajita de Colores con una idea muy clara: mostrar la vida cotidiana detrás de uno de los símbolos culturales más importantes del país.
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"Cuando cruzaba todos los datos para escribir, se me venía una frase que me gusta poner sobre la mesa: estoy contando la historia vívida del teatro. No es algo que pasó y nadie más se acordó, es algo que sigue pasando en Argentina: siguen viniendo las mejores estrellas del mundo, todos quieren venir acá, se enamoran tanto de la ciudad como del país. La ven de una manera tan particular que emociona", cuenta el autor sobre un libro que, según admite, escribió con una facilidad emocional poco habitual.
En el teatro no hay margen para el error. Todo está pensado milimétricamente para que el espectáculo funcione y, si algo falla, el público no lo note. Pero aunque la ovación suele concentrarse sobre quienes están en escena, Kuchevasky insiste en correr el foco hacia quienes permanecen invisibles. "Yo he visto cuando aplauden a un tenor, que fue exitoso, en todas las temporadas, en todas las funciones; y cuando hace la última función que todo el teatro lo aplaude, la gente de atrás hace la reverencia como saludando y haciéndose cargo de esa ovación", recuerda.
Romper prejuicios: mostrar un Teatro Colón para todos
En el recuerdo de Kuchevasky hay un momento clave donde el Colón rompió definitivamente con la idea de pertenecer solo a ciertos sectores sociales. Fue cuando Aníbal Troilo y otras figuras del tango se presentaron en el teatro. Según relata en el libro, aquella noche las plateas se transformaron en “un estadio de fútbol” por la euforia del público y el Colón dejó de sentirse distante. Ese episodio terminó de consolidar en él una idea que atraviesa todo Cajita de Colores: el teatro como puente cultural y no como espacio exclusivo.
"No se puede negar que de la manera que es concebido a nivel mundial este tipo de teatros aparecen como para determinado público. Pero la realidad es muy lejana a eso, porque los que lo hacen, los que lo construyen y los que lo llevan adelante todas las noches no pertenecen esencialmente a un determinado estado social, pertenecen al teatro. Y el orgullo de esta gente pertenece al teatro", asegura.
Para el autor, ahí radica la verdadera esencia del Colón: en la mezcla. En las distintas historias, acentos y tradiciones que conviven diariamente dentro del edificio. "Lo bueno que tiene el teatro es que se mezclan absolutamente todas las culturas, las tradiciones, lo que es realmente la Argentina, la mezcla absoluta. Entonces el teatro no puede estar ajeno", sostiene.
En los relatos que conforman el libro aparecen trabajadores de distintos países, técnicos que viajan desde el conurbano y empleados que llevan décadas sosteniendo el funcionamiento cotidiano del teatro. Una realidad mucho más amplia y compleja que la imagen solemne con la que suele asociarse al Colón. "La mirada de prestigio va a seguir existiendo, pero también existe todo lo demás que es mucho más fuerte", resume Sergio.
El desafío actual: abrirse sin perder la esencia
En los últimos años, el Teatro Colón empezó a recibir nuevos públicos a partir de conciertos sinfónicos de artistas populares y propuestas alejadas de la programación tradicional. Un cambio que generó debates entre habitués y sectores más conservadores del teatro, pero que Kuchevasky observa con entusiasmo.
"Está muy bueno que el teatro se abra a otros públicos. Si con eso tienen el pretexto de conocer el Teatro Colón, yo siento que ya gané", afirma. Sin embargo, también marca un límite importante: que esa apertura no implique perder la identidad histórica del lugar.
"El Teatro Colón es todo, es una exposición permanente de obras de arte, palcos que entrás y te fascina el dorado, la cúpula. El que va al teatro a ver una obra solamente tiene una visión cortita, cerrada", reflexiona. Y agrega: "A mí, honestamente, que se abra el teatro a todo me parece estupendo. Pero también me gustaría que jamás pierda la esencia, para lo que fue pensado".
Porque detrás de las funciones y de las grandes figuras internacionales, el Colón sigue funcionando todos los días como un espacio de formación artística, producción cultural y trabajo colectivo. Y quizás ahí esté la idea más fuerte que atraviesa Cajita de Colores: entender que el teatro no pertenece únicamente a quienes lo observan desde la platea, sino también, y sobre todo, a quienes lo sostienen desde atrás del escenario.
